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Una Historia escrita en femenino... | Mecánica del Amor

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Una Historia escrita en femenino...

admin @ Thu, 2005-11-03 12:15

   Otros nombres que recitan las crónicas son Petronila de Aragón, Leonor de Plantagenet, Berenguela la Grande, María de Montpellier, Constanza de Suabia o la conocida María de Molina (1265-1321), reina de Castilla, que casó sin dispensa papal con Sancho IV de Castilla. Éste dio muestras del temperamento que se gastaba cuando Martín IV le excomulgó por no querer separarse de su mujer y él amenazó con liquidar por las bravas y ahí mismo a todos los enviados del Pontífice. A nadie extraña que ella influyera sobre él. Cuando murió Sancho, quedó como regente durante unos años duros, complicados, agraces, por las intrigas intempestivas de los nobles, con los que procuró emplear un tono conciliador.

   María de Padilla (1330-1361), reina a título póstumo, no es ninguna desconocida. Su fallecimiento convenció a Pedro I de forma inequívoca de que ella había sido su verdadera esposa, y no Blanca de Borbón, con la que, sin embargo, contrajo nupcias. Padilla vivió junto al monarca como amante, y aguantó los celos y los órdagos que otros devaneos trajeron consigo, como esos de Juana de Castro y Aldonza Coronel. El rey, como prueba de los sentimientos que había entregado a este amor mesetario y pasional, la nombró su mujer y su reina, eso sí, una vez muerta. Un testimonio reza:«E fizo el rey fazer en todos sus regnos grandes llantos por ella».

   La vida tiene dos caras, y si una es alegre, la otra es triste. Al otro lado de María de Molina está Blanca de Borbón, una esposa triste y una vida trágica. Fue abandonada por Pedro I nada más casarse y como prenda recibió un cautiverio que arrastró por diversas villas castellanas. Fue testigo de la Guerra Civil de Castilla y murió, al fin, en Medina Sidonia.

   No debe omitirse ni dejarse al margen la figura de Catalina de Lancaster (1373-1418). Enrique III, su marido, y ella fueron los primeros en tener el título de Príncipes de Asturias. Catalina estuvo al frente de una extenuante y larga regencia. Enrique murió cuando su hijo era pequeño y ella tuvo que pelear por su tutela, que pretendían algunos apellidos ilustres. Las incursiones contra el Reino de Granada promovieron la reputación y la fama de su hijo Fernando. Al fallecer, le sucedió Juan. Catalina vio, ya desde el lecho de muerte, cómo Castilla era desgarrada por las ambiciones de unos y otros, debilitando así el reino.

   La modernidad entra con los Reyes Católicos. En este largo periodo capitalizado por la Casa de los Austrias y la dinastía de los Borbones destacan tres reinas: Juana I, Isabel I e Isabel II. El salto lo da Isabel I de Castilla, una figura empequeñecida durante siglos por la sombra absorbente de Fernando, para algunos, el espejo en el que miró Maquiavelo para escribir su obra cumbre. Pero los méritos de un gobierno, en este caso, no son sólo de uno. Tanto monta, monta tanto... En favor de la Reina Católica hay que subrayar que impulsó el viaje de Colón a América, del que recibiría España parte de su posterior esplendor; que se emprendieran las campañas contra Granada -ella misma asistió al cerco-, controlar a una aristocracia con tendencias levantiscas y velar por la unidad religiosa.

   A renglón seguido hay que mencionar las figuras de Catalina de Foix, reina de Navarra y, sobre todo, Germana de Foix, segunda esposa del Rey Católico, reina de Aragón, de Nápoles y virreina de Valencia. Pero todo queda eclipsado por la leyenda de Juan I de Castilla, apodada La Loca. Una reina longeva, apasionada y cinematográfica, que es recordada por los afectos que sintió por su marido, Felipe el Hermoso, y por ese duelo solanesco que hizo por Castilla cuando murió su marido y atravesó campos y conventos con el féretro a cuestas hasta llegar a una Granada. Su encierro en Tordesillas, sin apenas visitas rezuma tristeza y da fe de lo que son las razones de Estado.

   Con Carlos I comienzan a reinar los Austrias en España. A su lado estuvo Isabel de Portugal, Reina de España y emperatriz de Alemania, una mujer hermosa, la más hermosa, subrayan algunos, de las reinas de la Historia de España. Tiziano la pintó en un lienzo hoy famoso, aunque jamás la vio en persona. Basó su óleo en una tela de extremado realismo. Captó así esa imagen que hoy conocemos de elegancia y de una inteligencia que el pintor caló en su mirada. Murió en 1539, y aunque Carlos I la sobrevivió cerca de veinte años, mantuvo hacia ella gran respeto y no volvió a casarse. Isabel demostró su notable capacidad política al conducir, durante casi una década, los reinos peninsulares junto a un marido colmado de deberes.

   Varios nombres más merecen resaltarse, como el de Mariana de Austria, casada con Felipe IV, y que condujo la regencia -junto a Nithard- hasta que Carlos II se ciñó la corona en las últimas, infortunadas e infelices décadas del siglo XVII. O, también, Isabel de Farnesio, mujer de Felipe V, el primer rey Borbón. Influyó de manera firme en la dirección del reinado: fue el motor del llamado Pacto de Familia, dos tratados que rubricaba la alianza entre Francia y España para defender los intereses de los Borbones de las agresiones de las dos potencias rivales: Gran Bretaña y Austria. Condujo el Gobierno de la breve regencia, que dejó su hijo Fernando VI al morir, mientras Carlos III llegaba a la mayoría de edad. La mujer del mencionado Fernando VI fue Bárbara de Braganza, con la que el rey encontró una comunión casi de cuento.

El siglo XIX es un siglo verdaderamente galdosiano, fragmentario, infausto y desapacible. Comenzó con Trafalgar, terminó con el 98, y por en medio se hundió la monarquía y nos dejamos una república como si tal cosa. Se vivió una restauración, varias guerras y un sinfín de gobiernos subían y bajaban como si fuera el paseo de una noria. Y en medio, Isabel II un capítulo más que triste, melancólico. Aquello fue una conjura de motines, espadones y escándalos, con la connivencia de la mala suerte. Goya no habría tenido pinceles.

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